Redes sociales
La bizarra (pero verdadera) historia de Cenicienta

La bizarra (pero verdadera) historia de Cenicienta

Cenicienta lo sabía muy bien: un par de zapatos te pueden cambiar la vida. Yo, lo reconozco, estoy posesa, tengo la enfermedad, la obsesión, el obscuro objeto del deseo… No puedo concentrarme, ni disfrutar de nada en la vida (y cuando digo de nada, quiero decir absolutamente nada), si llevo zapatos planos. A veces los llevo, es verdad, pero en realidad no los llevo yo, sino la otra yo, la que se ocupa de cuestiones sórdidamente rutinarias y vulgares, aunque sólo sea por contrastar. Mi auténtico yo, el yo de mi yo, la verdadera Mistress Ángela, nace cuando se alza sobre los tacones. Sin ellos, puede decirse que Mistress Ángela esta como en hibernación, como los osos. Escalo sobre mis tacones, mi espíritu sale proyectado hacia la estratosfera como si los tacones fueran dos cohetes que fueran a mandarme a la Luna, y mi alma, de algún modo, asciende hasta la cúspide de su femíneo esplendor. En realidad, mis esclavos tienen suerte de que casi siempre me ven con tacones… Si me vieran con calzado plano, conocerían a una Ángela mucho más dura y más estricta que la Ángela voladora, la que, impulsada sobre los tacones, parece no que camina, sino que flota a través del espacio. Los tacones, en cierto modo, me dulcifican. Los tacones son el ascensor de mi belleza física (que gracias a la bondad de la Naturaleza es más que notable), pero eso lo sabe cualquiera que me mire… lo que no todos interiorizan es que los tacones también son la espuma de mi alma, el vértice puro de mi eléctrica presencia de Apocalipsis encarnado.

Los zapatos de tacones altos esconden un misterio que va mucho más allá de la mera estilización de la figura de la mujer. Que ponen el trasero para atrás y el pecho para adelante, eso lo sabe todo el mundo, pero el efecto intrapsicológico que ejerce en el espíritu femenino… ese no ha sido estudiado debidamente. A mí los tacones me transforman, pero no mi equilibrio al andar, no… transforman mi alma convirtiéndome en un animal criminalmente bello, algo así como una pantera vertical. Por un lado, lo que hacen los tacones en la figura femenina es profundamente salvaje, ancestral, selvático, pero, al mismo tiempo, es profundamente sofisticado, angular, estético y equilibrado. Llevar tacones es una convergencia energética, es como ser la primera bailarina del ballet de Moscú, ser el faro desde donde ilumina la femineidad al mundo. No podría ser más profunda mi convicción de que Mistress Eva, la dueña de Adán, el sumiso de la calle al este del Edén, llevaba ya tacones de, al menos, el quince. Hoja de parra, puede, pero tacones del quince. Se los hizo con la piel de la serpiente, a la que mató después de comerse la manzana mientras el pelele de Adán salía a cosechar alimentos con el sudor de su frente para poder llevarle a su Ama una cornucopia diaria de manjares. Lo que pasa es que nos han contado la historia mal.

Hay muchas historias que nos han contado mal y una de ellas es precisamente la de Cenicienta. Esa historia ha sido completamente tergiversada por escritores y cineastas durante muchísimo tiempo. ¿Qué tontería es esa del príncipe azul y al zapato de cristal? Bobadas. A ver, lo primero: Cenicienta no se llamaba Cenicienta, sino Cinderella, que en su forma original era Sinder Bella. Madmoiselle Sinder Bella, para ser más exactos, que es como era conocida en el París La Nuit del siglo XVIII. El príncipe azul ni era azul, ni era príncipe, era simplemente un sumiso del barrio de Monmartre. En aquella época, Madmoiselle Sinder Bella había alcanzado bastante fama por ser la dómina de muchas personalidades políticas e intelectuales de la época, entre las que se contaba, por ejemplo, Charles Perrault, el autor de la primera versión de la Cenicienta, que como ya he dicho, es infame, está tergiversada y es en la que se han basado todas las versiones posteriores, incluida la de Disney. Charles Perrault era simplemente un sumiso que se rebotó cuando Madmoiselle Sinder Bella decidió prescindir de él. Él, como venganza, escribió el dichoso cuento. Al parecer Madmoiselle Sinder Bella quería que Perrault  fuera esclavo 24/7 y, aunque en muchos sentidos, y a juzgar por las confesiones que él mismo escribió pero que no se publicaron hasta mucho después de su muerte, ya lo era, aún había ámbitos de la vida de Perrault que Madmoiselle Sinder Bella no controlaba. Mistress Bella también tenía esclavas y sumisas de distinta condición, y se le metió en la cabeza que quería hacer de Celestina y obligar a una sumisa suya y a un sumiso suyo (Perrault), a tener una relación sentimental e incluso, con el tiempo, casarse. El problema estaba en la diferencia de edad… Perrault en aquella época ya rozaba la cuarentena, pero la sumisa con la que quería emparejarle Mistress Bella apenas tenía veinte y pocos. Perrault se sentía mal por ello, y no obedeció, y entonces Madmoiselle Sinder Bella se deshizo de él, y él escribió el cuento y el resto es historia.

La historia en sí de la Cenicienta no es sino producto de la desbocada fantasía de un sumiso despechado, y no tiene nada que ver con la realidad de los hechos que realmente sucedieron. En realidad, como no hubo príncipe, no hubo tampoco baile, ni vals, ni palacio, ni calabaza convertida en carroza. En aquella época no había internet, y las Mistress no podían poner sus WishList en Amazon, pero Madmoiselle Sinder Bella, una vez al año, hacía una reunión en su atelier en el que convocaba a todos los sumisos de París para que fueran a traerle un regalo como muestra de su sumisión. El reclamo era que aquel que trajera el mejor regalo, podría formar parte del servicio privado de Madmoiselle Sinder Bella, como esclavo doméstico o como lo que fuera necesario. La Mistress, dicen, era bastante caprichosa… algo así como la Turandot del BDSM del siglo XVIII, y casi siempre escogía a los esclavos que traían los regalos más costosos, aunque hubo, al parecer, excepciones a la regla y algunos años en los que directamente no escogió ningún esclavo para su perrera. Dice Perrault, en su diario publicado póstumamente, que en 1717 escogió a un esclavo que le regaló una simple flor. Al parecer le gustó la flor… El caso es que, un par de años antes de que se deshiciera de Perrault, en la convocatoria anual de esclavos parisinos (algo así como una corte de los milagros del sadomaso) se presentó un sumiso con un regalo que deslumbró Madmoiselle Sinder Bella. Se trataba de un sumiso español, de Cádiz en realidad, pero afincado en París, en donde regentaba una empresa que fabricaba, con bastante éxito, calzado femenino. Hay dudas sobre cuál es su nombre, pero algunos documentos de la época indican que Madmoiselle Sinder Bella se dirigía a él mediante distintos apelativos, siendo de ellos el más habitual chien andalou (perro andaluz, en francés). El perro andaluz debió ser un hombre observador, atento, dedicado, meticuloso, al que además se le achaca el mérito de haber diseñado los primeros zapatos de tacón de la Historia, aunque no se popularizaron hasta mucho tiempo después. Él sabía que con ese diseño trapezoidal, conseguiría atravesar el alma femenina, insertarla en una ascensión eterna. Cuenta Perrault en su diario que cuando el perro andaluz se presentó desnudo ante Madmoiselle Sinder Bella para llevarle su regalo, ella se murió de la risa. Al principio no sabía lo que era aquello tan extraño que había traído el tímido sumiso.
—Son unos zapatos —respondió él en un susurro apenas audible.
Los zapatos no eran de cristal, claro, aunque sí incluían, en el larguísimo tacón, algunas incrustaciones de diamantes. Aquello fue lo que Perrault después transformó en el cuento, diciendo que eran zapatos de cristal. No eran de cristal, eran con diamantes. Sin embargo, no eran los brillantes lo que deslumbraba, sino aquel tacón tan enorme, tan desproporcionado, tan sin límites. Aquella excentricidad divirtió a Mistress Sinder Bella, que, por hacer la broma, quiso probárselos… pensando que se caería de ellos y que podría castigar al sumiso por chapucero y loco después.

Así que ella ordenó a Perrault que la ayudara a calzarse aquellos extraños zapatos geométricos, casi diríase que arquitectónicos, y que parecían diseñados por un demente. El perro andaluz era un hombre meticuloso, digo, y había sabido calcular previamente el número exacto de Madmoiselle Sinder Bella, por lo que los zapatos encajaron en la piel de la Mistress con suavidad celestial. Entonces ocurrió el milagro, la catarsis. Madmoiselle Sinder Bella no se sintió zancuda, ni ridícula, sino, como se dice hoy en día, empoderada, alzada sobre un podio moral, social y sexual. Nunca antes unos zapatos, ni nada, le habían otorgado tanto poder. Caminó un poco con ellos y rápidamente se percató de que sus pasos eran más ligeros, más ingrávidos, pero también más sonoros, más afilados. Al parecer la célebre frase los zapatos de tacón alto han sido creados para ser un doloroso placer, que años después se le ha achacado a todo el mundo, desde Madonna a Marilyn Monroe, la dijo en realidad el perro andaluz en aquel instante… siempre según las confesiones de Perrault, claro, que algunos creen que son apócrifas.

Madmoiselle Sinder Bella entendió la frase de manera perversa, es decir a su manera particular, y tras oír aquella extraña sentencia ordenó al perro andaluz tumbarse en el suelo. Ella se acercó a él como marcando las horas con cada paso. Los tacones la hacían parecer una torre Eiffel humana. El tac resonaba en el atelier sembrando el silencio más sepulcral entre todos los esclavos que estaban esperando su turno para llevar su ofrenda a Madmoiselle Sinder Bella y que se estaban asustando ya del extraño brillo que se había instalado en la mirada de la Mistress cuando se subió sobre aquellos zancos. Entonces, ella se puso de pie sobre el perro andaluz, clavándole los afilados tacones en el torso… El perro andaluz apretó los dientes, pero aguantó como un jabato y de su boca no salió el más mínimo aullido de dolor. Madmoiselle Sinder Bella estaba extasiada… Efectivamente, se trataba de un doloroso placer. Aunque el perro andaluz era sufrido, ella ya tenía mucha experiencia y podía mirar, en la desesperación en los ojos del esclavo, cuánto dolor estaba aguantando. Sólo tenía que inclinarse un poco hacia atrás, y clavaba el tacón más profundamente en la carne del esclavo, multiplicando el dolor. Movía el empeine hacia adelante, y así soltaba y suavizaba la presión. Era una forma deliciosa de infringir dolor. Lo corroboro. Lo es. A mí me encanta clavar tacones en carne blanda. Es como caminar sobre las nubes, una sensación difícilmente superable… Casi todos mis esclavos han tenido que pasar alguna época de alfombra humana. Cuando se castiga con la mano o con el látigo o con algo similar, el Ama lo siente en la mano, al golpear, hay una contrareacción. El latigazo lo siente el esclavo, pero también el Ama en la mano. Con los tacones, todo es mucho más sutil, más indirecto, más perverso, más delicioso… sólo un balanceo, una inclinación, un asomarse. Se echa un poco el peso hacia atrás y el esclavo se retuerce, hacia adelante, el esclavo te dedica todo el agradecimiento. Es como infringir dolor con todo el cuerpo al mismo no tiempo, y no sólo con la mano.

El perro andaluz entró inmediatamente al servicio Madmoiselle Sinder Bella, claro, y, de hecho, pronto se convirtió en su esclavo favorito (puesto que antes ostentaba Perrault). De hecho, muchos creen que el perro andaluz fue precisamente la causa del despido de Perrault, aunque sobre esto no hay nada probado. Los esclavos no entienden que, para permanecer al servicio de un Ama, hay que esforzarse por ser mejor que el resto de sumisos. Si no… ella podría empezar a descartar. No sé bien lo que harán otras Amas, pero yo, para mí, para mi uso privado, procuro quedarme sólo con los mejores esclavos. Si aparecen mejores, me los quedo y a los antiguos los expulso de mi vida.

Así son las cosas. Todo lo que nos han contado es mentira. Ni siquiera los siete enanitos de Blancanieves eran enanitos. Eran sumisos, todos 24/7, que trabajaban para Blancanieves, cuyo nombre real, en realidad, era Lady White, otra Mistress de las históricas de las que un día de estos os contaré algo, pues me ha inspirado a mí en muchos sentidos.

Sí, las Amas sobre tacones tenemos mucha imaginación y fantasía. ¿Pensabas que no, pobre sumisito lector de este blog? ¿Pensabas que tú tenías imaginación? Permítame que me ría. A fantasía e imaginación tú no me ganas. Ven a verme y compruébalo, si no me crees, perrito andaluz.

Mistress Ángela

3 Comments
  1. Avatar
    Jordi

    tuve la oportunidad de conocer a Mistress Ángela hace un par de años y me pareció una dominatrix guapisima… lo que no sabia es q ademas se le da bien lo de escribir… un relato maravilloso y escrito con muuy buen gusto

  2. Avatar
    Candy

    Maravilloso relato Mistress Ángela. Reinventa una historia con mucho ingenio, creatividad y encanto dándole una vuelta total pero manteniendo la esencia de la original y los componentes que la hacen especial. De por sí, creo que todo el mundo sabíamos que tras una historia como la de Cenicienta y todos sus componentes fetichistas. debía esconderse algo más. Sinceramente me quedo con esta versión que sin duda desbanca a la de los hermanos Grimm como mi favorita. Espero con ansias nuevas historias y relatos en esta fantástica línea ^^

  3. Avatar
    Lagarto Juancho

    Curiosa mezcla de géneros este relato…. erotismo, fantasía, humorismo…. Me la pongo en favorits

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Prev Post

Me aburro

Next Post

Próximamente mi bonita Madrid, Madrid, Madrid

This site is protected by wp-copyrightpro.com