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Me aburro

Me aburro

Me aburro y lo reconozco. La mayor parte de sumisos que se me acercan tienen tantos límites, tantos miedos, que prácticamente no queda margen de acción y todo se convierte en algo guionizado y previsible.
—Mis límites son marcas en la piel y escat, Ama Ángela.
Esa es la respuesta estándar, más o menos, que me dan todos los esclavos, sobre todo los más jóvenes, que se creen los más resistentes y machotes y son los que primero se vienen abajo. Los sumisos jóvenes son los que prometen más y aguantan menos, hablan demasiado y piensan demasiado en sexo. Prefiero los maduros, porque hablan poco, resisten más, son más generosos y están mucho más dispuestos a confiar en mí y dejarse de tanta niñería del “pactado y consentido” de las narices. Los sumisos jóvenes se someten para que les haga el numerito del spanking, o el numerito de los pies, o el numerito de los tacones, o el numerito del culito… pero los sumisos más mayores son diferentes, más profundos, y no acuden a mí como con la lista de la compra en la mano. Los más mayores no piensan en sus límites, sean los que sean, sino que se devanan los sesos y se estrujan el alma por intentar adivinar qué es lo que me gusta a mí, lo que deseo yo y lo que puede complacerme REALMENTE. Piensan antes en mí que en ellos. Esa clase de desprendimiento, esa clase de generosidad, rara vez se ve en los esclavos más jóvenes y alucinados. Es en la madurez cuando los esclavos se centran, se concentran en lo importante, y piensan antes en dar, en aportar, que en solicitar.

A ver, que nadie se confunda. Soy profesional ante todo, y no me salto los límites pactados con los esclavos, pero eso no quiere decir que los esclavos con límites me diviertan, o que los valore. ¿Cómo valorar a alguien que no es capaz de sacrificarse ni un poquito y va a ver a un Ama como quien acude al circo? En el fondo, si se piensa, me están tratando como eso, como una atracción de feria. Toleran mi autoridad a cambio de un servicio, pero eso no es auténtica sumisión. Eso es como mucho un servicio terapéutico. La auténtica sumisión es diferente, es un acto casi diría que de Amor. Amor con mayúscula. Casi todo el mundo se cree que es capaz de amar, nadie pone jamás en duda su propia capacidad de amar… lo cual es ridículo, es como si todo el mundo se creyera capaz de tocar a Rajmaninov sin haberse sentado jamás al piano. El Amor es una disciplina que, como todas las demás, exige práctica, paciencia, voluntad, tesón, imaginación, paciencia… Características todas ellas que la gente joven no suele reunir jamás. Todos quieren ser amados, pero ninguno se pregunta a sí mismo si puede amar. Da por sentado que sí.

Los esclavos mayores, en general, sí son capaces de amar, es decir, de dar sin esperar nada a cambio. El amor verdadero no pide, no exige, no comercia, no chantajea, sólo multiplica. El amor de verdad ni siquiera espera que el amor sea correspondido. Mis mejores esclavos, todos por encima de 40 años, sí son capaces de amarme sin esperar que yo les ame a ellos. Los esclavos más mayores piensan en lo que yo deseo, y no en lo que desean ellos, ven su vida a través de mis ojos, y sólo se sienten exitosos si me mantienen a mí satisfecha. Yo no les amo, por supuesto, sólo son esclavos… pero sí los respeto y, sobre todo, me divierten. Los valoro. Son algo bueno en mi vida, positivo, algo que aporta y enriquece, que me insufla sustancia. Con ellos sí hay margen de acción, con ellos sí puedo dar rienda suelta a LO IMPREVISIBLE, puedo olvidarme del guion y los numeritos circenses, puedo relajarme y disfrutar de ese Amor. Con los jovenzuelos llenos de límites, me aburro, me aburro soberanamente porque no me siento libre, ni me siento amada, ni nada.

Cuando me llegan solicitudes de esclavos de verdad, de los que realmente practican el sacrificio en su vida, y no simplemente quieren probar su resistencia durante una sesioncita nada más, se me encienden los ojos. Recuerdo que uno de los momentos más chisporroteantes de alegría que he tenido como dómina fue el día en el que uno de mis esclavos más fieles se quedó en el paro. En aquel entonces solía visitarme una vez cada quince días, más o menos. Acudió a mí casi con lágrimas en los ojos, completamente angustiado, arrepentido, sintiéndose completamente fracaso e impotente. Me caía bien porque durante las sesiones había demostrado aguantar muy bien el dolor. Varias de las palizas más duras que le he dado a esclavos se las he dado a él. Tenía esa capacidad rara y extraña de alcanzar ese punto de duda que alcanzan todos los esclavos en el que se preguntan a sí mismos por qué están ahí, por qué aguanto esto, ese momento de desesperación de “¡Mierda! ¡He sido tan gilipollas de situarme a mí mismo en una situación sin salida!”, ese momento de ruptura de la voluntad, de quiebra de la disposición, ese instante en el que los esclavos, por fin, se rinden… de alcanzar ese punto, digo, y sobrepasarlo, vencer el miedo. Ya desde el primer día se le veían aptitudes y capacidad para ser un buen esclavo… Con él no hay guión, sino que improviso y hago lo que me apetece. En una ocasión la sesión consistió en mandarlo a la calle, un día de lluvia, vestido con pantalones cortos, y obligarle a estar ahí de pie, mojándose, durante casi 12 horas. Yo le miraba por la ventana de vez en cuando. El muy cabrón no se movió ni para rascarse la nariz. Me hizo sentir poderosísima. El caso es que acudió a mí con lágrimas en los ojos, porque se había quedado en el paro y no podía permitirse el seguir sirviéndome. Me enseñó incluso la carta de despedido de la empresa, que me ofreció con mano temblorosa. Me pareció realmente enternecedor. Sólo le preocupaba que yo dejara de recibir el dinero habitual que él me daba todos los meses. Ni por un instante pensó en sí mismo.

Por supuesto no quise dejar a un esclavo así, del que podría sacar tanto provecho personal, así que rápidamente le puse el CB y le ofrecí un puesto en mi perrera privada en donde sirve desde entonces. Ya ha vuelto a conseguir trabajo, y siempre que puede me da lo que le permite su economía, que no es mucho, y yo le acepto sólo porque sé que él así se siente mejor y más realizado, pero lo cierto es que tengo intención de seguir aprovechándome de sus servicios toda la vida, aunque no me pueda aportar financieramente mucho. Puedo pasarme semanas sin hablarle, que cuando lo hago, él está ahí feliz simplemente de que le mantenga ahí, trabajando para mí. Nunca se va, y nunca se irá, pues su amor es profundo, robusto, y es un amor que no me exige nada. Una vez cogí un leve resfriado y quise contagiarle para que pasara la enfermedad conmigo. Le obligué a abrir la boca y le tosí encima y le escupí para asegurarme de contagiarle. Me dio las gracias y me dijo que aquello le hacía sentirse muy unido a mí.

No soy una salvaje. Cuando me topo con buenos esclavos, de esos dispuestos a dejarse guiar y ampliar límites, no pretendo destruirles ni anularles como persona, sino potenciar su capacidad de amar. A esos, a los verdaderamente sumisos, si los llevo a ese instante de desesperación máxima en la que se cuestionan a sí mismos como esclavos, es sólo porque sé que son capaces de atravesar la duda y alcanzar cotas que ni ellos mismos imaginaban. Este esclavo que se quedó en paro, por ejemplo, si quisiera hacerle un tatuaje con mi nombre, que le quedará de por vida, sé que puedo hacerlo. Si quisiera que cometiera algún crimen, sé que el esclavo lo haría, si le ordeno ponerme de beneficiaria en su testamento, lo haría. Eso no quiere decir, claro, que yo haga todas esas cosas… pero sé que podría hacerlas, si quisiera. No las hago precisamente porque respeto ese Amor, esa valentía, esa entrega, ese sacrificio, y lo valoro.

Todo lo demás, me aburre.

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